Juan de Espina y los Cuchillos que degollaron a Don Rodrigo

Como bien sabemos, a este personaje famoso y poco conocido con raíces en Ampuero le gustaba coleccionar todo tipo de cosas, Don Juan de Espina, al que cada vez que leemos e investigamos sobre su personaje, más sorprendido nos deja su historia en un momento trascendental por el cambio que se produjo en España. En este momento su Historia cuenta que se hizo con unos Cuchillos que guardan cierta intriga, tal y como lo cuentan.

Don Rodrigo Calderón en el tormento, de José María Rodríguez de Losada. 1865. (Museo del Prado, Madrid).
Don Rodrigo Calderón en el tormento, de José María Rodríguez de Losada. 1865. (Museo del Prado, Madrid).

Así, tanto el padre Sebastián en su carta como Quevedo en la semblanza final de los Grandes anales de quince días cuentan que Juan de Espina atesoraba los fatales cuchillos con que fue degollado en 1621 el marqués de Siete Iglesias, don Rodrigo Calderón, secretario de Felipe III y mano derecha del duque de Lerma, condenado por unos supuestos crímenes y por cohecho.

En la aparentemente fantasiosa versión del padre Sebastián, posiblemente producto de las habladurías, se cuenta que legó al rey el cuchillo con la advertencia de que cuando lo tomase «fuese de tal parte, porque siendo por otra amenazaba fatal ruina a una grande cabeza de España».

El marquesado de Siete Iglesias es un título nobiliario español que fue concedido por Felipe III de España con fecha de 13 de junio de 1614 a Rodrigo Calderón de Aranda, señor de Siete Iglesias de Trabancos, I conde de la Oliva de Plasencia, secretario de cámara del rey y favorito del duque de Lerma.

Rodrigo Calderón de Aranda fue un político y militar español al servicio de Felipe III, quien le recompensó con los títulos de I conde de la Oliva de Plasencia (1612) y I marqués de Siete Iglesias (1614) y valido o favorito del duque de Lerma, el cual fue el hombre más poderoso del reinado de Felipe III. Se hizo inmensamente rico a costa de saber manejar el tráfico de influencias, la corrupción y la venta de cargos públicos. Tampoco Don Rodrigo se quedó rezagado en estos asuntos.

Y en ese camino de poder vas acumulando enemigos y conspiradores que pacientemente esperan su momento.

Cuando se aproximaba el fin del reinado de Felipe III, las intrigas palaciegas se disputaban la confianza del futuro rey. Y esto dio lugar a cambios y nuevos nombramientos, y en algunos casos ajusticiamientos como es el caso del que fueron testigos estos cuchillos.

Murió ejecutado en la plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621, al comienzo del reinado de Felipe IV, y el momento esperado por sus enemigos. Su dignidad y valentía ante la adversidad de la muerte le hizo merecedor del refranero español: «Tener más orgullo que Don Rodrigo en la horca», aunque no fue ahorcado, sino degollado, al ser de condición noble.

Seguramente fue utilizado como chivo expiatorio para calmar las voces del pueblo. Cortinas de humo que apenas dejan testigos, pero en este caso unos objetos llamaron la atención de un personaje como Juan de Espina, como otros muy curiosos.

Sea cual sea la parte de realidad de estas historias, no dejan de ser elocuentes en lo que respecta al carácter fetichista de los objetos relacionados con la muerte y a la lectura en clave simbólica que de ellos hacía la era barroca otorgándoles unos valores éticos y morales.

Y en este caso, se pueden interpretar como ejemplos morales significativos del desengaño, como objetos justicieros que muestran lo pasajero de las riquezas y del poder. Como nos cuenta Pedro Reula Baquero.

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